viernes, 11 de abril de 2014

Maldito, bonito, dulce abril.

Aprendes a amanecer a la vez que el Sol. Cada mañana memorizas las mismas cuatro paredes que te rodean para saber que nada ha cambiado. Pides el café de las 7:48, esperando del mundo o al menos del día que te sorprenda.

Sales a la calle y buscas miradas que se atrevan a mirarte, sonríes delante de unos ojos que no te conocen y sueñas con que llegue alguien que te haga feliz. Pierdes trenes esperando lo inesperado. Te encuentras voces nuevas, ganas de abrazar y quizás, por qué no, unas manos en las que quedarte a vivir. Quieres eso, pues sabes muy bien que después viene la risa y las caricias que se enredan. Luego ya sólo corres para no perderte el atardecer, huyes como huye el Sol, olvidas quien eres y te despeinas. 

Pero en abril todo es distinto. Cada mañana las mismas cuatro paredes que te rodean huelen a flores y pierdes más trenes que de costumbre con tal de encontrar al loco de siempre para que te cuente una vez más lo bonita que es la vida.

Sin duda, los recuerdos más dulces son de abril y es el mejor desorden en el que buscar una casualidad o buscarte a ti.


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